Me río para mis adentros, derretida de amor
Recuerdo que desde muy pequeña he sentido una conexión muy única y especial con mi papá, algo que las personas notaban y les despertaba tal curiosidad que en varias ocasiones se atrevieron hacer la absurda, incómoda e innecesaria pregunta de “a quién amaba más entre mi papá y mi mamá”.
¿A qué adulto se ocurre preguntar semejante barrabasada? Como si yo tuviera que escoger con qué amor quedarme, como si fuera comparable lo que siento por los dos seres que me dieron la vida y la dan todos los días, como si no pudiera solo disfrutarme lo que sentía por cada uno con la inocencia de un niño que tiene tanto amor para recibir y, así mismo, para dar.
Recuerdo que desde muy pequeña me era inevitable sentir pánico y llorar cuando pensaba en que un día me podría faltar mi papá. Ese miedo lo tuve que enfrentar muy de cerca hace casi 3 años, cuando le descubrieron una enfermedad terminal que nos retó de mil maneras a guardar la esperanza frente a un panorama que era de todo, menos alentador.
Antes y después de la cirugía, en la que le tuvieron que sacar el 90% del estómago, pasó por varias sesiones de quimioterapia. Fue una época que no parecía tener fin y que hoy me estremece recordar; yo sentía que me lo iban arrebatando poco a poco de las manos, podía ver cómo el cuerpo de mi negrito se iba deteriorando más y más.
Cada tanto se me hacía un nudo gigante en la garganta, que se iba deshaciendo cuando lo veía lleno de fe y esperanza por dentro. Ahí estaba mi papá, demostrándome una vez más que su fortaleza no tiene límites y su resiliencia es de admirar.
Verlo vivo cada día es un milagro para mí, y doy gracias a la vida por darme otra oportunidad para seguirlo amando y disfrutando otro rato. Y es que, aunque somos como el agua y el aceite en muchas posiciones e ideologías, nos admiramos profundamente y siempre logramos llegar a ese punto de encuentro en el que podemos pasar horas y horas conversando de mucho y nada al mismo tiempo; él es feliz compartiéndome sus experiencias de vida y yo soy feliz aprendiendo del sin fin de historias que tiene por contar.
Hablar con él y ser testigo de lo que ha vivido, me hace cuestionar mil cosas. Por ejemplo, a veces me pregunto por qué sobrevivió a una enfermedad tan fuerte si después iba a tener que pasar el duelo, por segunda vez, de la muerte de un hijo. Y aunque siendo mi punto débil, su sufrimiento me hace doler lo más profundo de mi ser; no queda más que vivir lo que el futuro traiga con paciencia y mucho amor. Es lo que él, mi maestro de vida, con su ejemplo me ha enseñado.
Por ahora elijo disfrutar de su compañía y atesorar en mi corazón esos momentos chiquitos que guardan un profundo valor. Me puedo quedar mirándolo por largo tiempo, en silencio y sin que él se dé cuenta, es como observar a un niño pequeño lleno de sabiduría… Me río para mis adentros, derretida de amor.
¡Te doy la bienvenida a mi universo creativo! En este espacio me gusta experimentar sin límites y compartir mi interpretación del mundo a través del arte.
